La
sexualidad: ¿invención histórica?
Ana Amuchástegui y
Yuriria Rodríguez.
Introducción
¿Qué podría ser más natural que nuestra sexualidad?
¿Qué más que nuestros deseos, ardores, durezas y humedades? ¿No son evidencia
de nuestra sexualidad animal los cambios biológicos que nuestro cuerpo vive
simplemente al recordar al ser amado?
Estamos
acostumbrados a pensar –y sentir- que nuestra sexualidad es el recordatorio de
nuestra condición biológica. Anclada y expresada en el cuerpo, la experiencia
sexual parece nacida de nuestras entrañas. Y sin embargo, bien dice Vance (1984)
que el órgano sexual más importante de los seres humanos está entre las orejas,
es decir, es el cerebro. ¿Qué pretende
afirmar con semejante metáfora? Básicamente lo que este artículo pretende
argumentar: que la sexualidad, aunque parte de las condiciones y posibilidades
del cuerpo, es una invención histórica; que lo que hoy agrupamos bajo ese científico
nombre –deseos, placeres, prácticas,
relaciones, fantasías, etc.- no es un sistema biológico organizado de
manera autónoma al sujeto. En breve, que el cuerpo y sus placeres se construyen
y se expresan bajo condiciones sociales, históricas y culturales particulares.
El presente
artículo pretende discutir algunos elementos conceptuales básicos para definir
a la sexualidad como una construcción social e histórica, dado que este enfoque
puede permitir el diseño e implementación de programas de educación sexual que privilegien
la información científica y laica, y que promuevan el ejercicio de los derechos
sexuales y reproductivos desde una perspectiva de ciudadanía, respeto a la
diversidad, libertad y responsabilidad.
1. Algunos
antecedentes de la discusión actual.
Lo sexual ha
sido no sólo un tema de debate en muchos momentos de la historia, sino también
objeto de regulaciones, vocaciones éticas e incluso políticas públicas. De hecho,
Weeks (1998) afirma que lo sexual ha sido depositario de infinidad de
ansiedades sociales en diferentes sociedades y épocas. Por eso, ‘tenemos que
saber lo que ha sido y lo que es, antes de poder decidir racionalmente lo que
debería o podría ser (Weeks, 1998). De ahí que sea necesario conocer cuáles son
los argumentos que se han delineado históricamente en el discurso social sobre
lo sexual y su derivación en lo que hoy llamamos sexualidad.
El término “sexo” en las culturas occidentales puede
hacer referencia a cuestiones tan diferentes como una relación amorosa, un ‘tipo’ de persona, una práctica erótica o
un género. Sin embargo, esto no siempre fue así. En el siglo XVI, el término “sexo” definía la división de la
humanidad en dos sectores, el masculino y el femenino. Fue hasta principios del
siglo XIX que el mismo término empezó a ser usado para referirse a las relaciones
físicas entre los sexos –“tener relaciones
sexuales”- (Laqueur, 1990).
Hoy prevalece la
creencia de que el “sexo” es una fuerza
natural irresistible, un impulso biológico focalizado en los genitales, que
surge intempestivamente y que “arrasa con
todo lo que tiene enfrente (por lo menos si eres hombre)...” (Freud, 1905)
En el fondo de este supuesto reinado de los genitales, estaría la necesidad de
la especie de reproducirse, de modo que la sexualidad natural correspondería
únicamente al coito genital heterosexual. Ni hablar entonces de otras manifestaciones
de lo sexual, las cuales han sido ya descalificadas como ‘perversas’. De este modo, la naturalización de la heterosexualidad
y del modelo ‘volcánico’ de la
sexualidad, ha proporcionado un marco de justificación ideológica para la
desigualdad de género, la discriminación sexual y la violencia.
En la historia
de occidente, podemos ver que lo relativo al sexo, a los cuerpos y a los comportamientos
sexuales ha sido un tema fundamental en el pensamiento social. Pero, como
señala Weeks, en “los últimos 100 años,
la sexualidad también se ha convertido en la preocupación creciente de
especialistas médicos, profesionales de otros campos, o reforzadores sociales”
(Weeks, 1998b:178). En contraste con las civilizaciones orientales, donde
se ha cultivado esmeradamente un área erótica, occidente ha producido una
ciencia especializada en el sexo, una scientia sexualis (Foucault, 1976), la
sexología, misma que ha ejercido una gran influencia en la definición y la
demarcación de los límites y características de la sexualidad humana.
Desde la primera
definición del sexólogo pionero Krafft-Ebbing, quien señalaba que la sexualidad
es un “instinto natural”, la
disciplina sexológica ha sido utilizada para fortalecer una visión esencialista
de la sexualidad. En su definición, Krafft-Ebbing proponía que el sexo “demanda cumplimiento con toda la fuerza y
el poder de un conquistador” (Weeks, 1998:178). Más tarde, Havelock Ellis
señalaba que “un hombre es lo que su sexo
es” proponiéndolo como un aspecto crucial determinante de las identidades sexuales
y genéricas (Weeks, 1998: 179).
Pero ¿cuáles son los principales argumentos del
discurso esencialista de la sexualidad?
Como ya dijimos,
fiel a la tradición evolucionista y haciendo caso omiso del hecho de que la
humanidad es la única especie que ha escrito su propia historia e inclusive transformado
los cuerpos, la visión esencialista considera que la sexualidad tiene una única
función: la reproducción, y que por tanto, la heterosexualidad procreativa es
la expresión directa de tal proceso natural.
En segundo
lugar, el discurso esencialista arguye que la sexualidad define la identidad
genérica de la persona. El sentirse, comportarse y pensarse como hombre o como mujer
también sería ‘natural’ y estaría
basado en la genitalidad. Entonces, si la sexualidad reproductiva es lo
natural, los hombres por naturaleza desean a las mujeres y las mujeres a los
hombres. El discurso esencialista produce el efecto de que a través de la sexualidad “nos vivimos como gente
verdadera: nos da nuestra identidad, nuestro sentido del yo, como hombres y
mujeres, como heterosexuales y homosexuales...” (Weeks, 1998: 179).
Si antes del
siglo XVIII lo natural era entendido como expresión de la obra de Dios, las
ciencias humanas nacidas en el siglo XIX -en particular la psicología, la
sexología y la psiquiatría- heredaron esta concepción traduciéndola a los
criterios de normalidad y anormalidad. Así, en las sociedades modernas el
desarrollo del estudio científico del comportamiento sexual, con la visión esencialista,
“ha tenido un claro efecto en términos de
las cuestiones políticas, ya que han servido como base para la clasificación, estigmatización
y segregación de los individuos...” (Amuchástegui,
2000: 27)
2. Delimitación
conceptual del tema.
De acuerdo con
lo anterior, podemos ver que hoy en día lo que entendemos por sexualidad es en
realidad un campo en disputa en el cual participan del debate fundamental las
visiones esencialistas y las construccionistas o históricas. Como ya dijimos,
la primera sugiere que el deseo y la práctica determinan la identidad y
expresan la esencia individual nacida de una supuesta disposición biológica.
Sin embargo,
también existen las posturas esencialistas culturales desde las que se afirma
que, por el simple hecho de ser hombre o mujer, hay una sexualidad masculina y una
femenina. El esencialismo cultural puede ser identificado en las propuestas que
defienden la presencia de una esencia femenina o masculina derivada de la
cultura en que los individuos crecen y aprenden a ser hombre o mujer. Así,
proponen que las personas aprenden los comportamientos, deseos y sentimientos
supuestamente apropiados para su sexo, de acuerdo con los patrones culturales,
determinando así una identidad diferenciada según el significado de la diferencia
sexual existente en su contexto cultural. Si aceptamos lo anterior, tendríamos
que aceptar que hay sólo una sexualidad masculina y una femenina, cosa que la
realidad social impugna y rebasa, demostrando la diversidad sexual existente en
los sujetos, independientemente de su sexo.
Al considerar lo
anterior, se nos presenta la pregunta sobre qué diferencias existen entre los
cuerpos de un hombre y una mujer, y de qué manera influyen en la
experiencia del placer. Siguiendo a
Weeks (1992), no podemos negar que los cuerpos sexuados como conjunto de
órganos, necesidades, impulsos, posibilidades y límites biológicos existen y
son distintos pero, contradictoriamente, tampoco podemos negar la diversidad
del deseo sexual, del placer erótico, de los comportamientos y de las
identidades. La relación entre estos dos niveles son los significados que las
culturas particulares otorgan a los cuerpos diferenciados y los procesos
sociales que participan de tal construcción de significados.
Por ejemplo, en
la cultura occidental el género está definido como una dualidad absoluta entre ‘el hombre’ y ‘la mujer’ que incluiría
necesariamente un ‘tipo’ de sexualidad para cada uno y por tanto un tipo de
sujeción.
Cabe señalar que
lo que hemos llamado visión esencialista no es monolítica ni está representada
por un único grupo o sector de la sociedad (aunque la Iglesia Católica casi se
gana el puesto). Más bien corresponde a un proceso histórico de construcción de
significados, jerarquías, poderes, relaciones, etc., que cristalizó en estos
contenidos dominantes que circulan por todo el tejido social, permeando
instituciones, símbolos, identidades y normas (Scott, 1996). Diversos actores sociales
han participado en este proceso inclusive con estrategias de resistencia y
debate.
En el presente
siglo, algunos desarrollos científicos han logrado cuestionar el esencialismo
con planteamientos ciertamente radicales. Weeks afirma que son cuatro las fuentes
fundamentales de este cuestionamiento:
a) Los
estudios de la antropología social han documentado la enorme variación en conductas,
significados, identidades y culturas sexuales a lo largo de todo el mundo.
Desde los estudios clásicos de sexualidad de Malinowski (1929), Mead (1935) y
Devereux (1937), en las primeras décadas del siglo XX, hasta los estudios antropológicos
feministas de las décadas recientes como los publicados en las antologías y
publicaciones compiladas por Rosaldo y Lamphere (1974), Rayna R. Reiter (1975),
Olivia Harris y Kate Young (1979).
b)
Freud (1905) cuestionó frontalmente las versiones esencialistas de la
sexualidad al afirmar que el impulso sexual no tiene más objeto que la
satisfacción y que nacemos con una bisexualidad originaria. De esta manera, el
impulso sexual de un cuerpo femenino no tiene por destino un cuerpo masculino,
ni viceversa. Freud argumenta que al nacer con un impulso sexual
indiferenciado, el niño y la niña son ‘perversos
polimorfos’ en el sentido de que viven el placer sexual a partir de una infinidad
de actividades, las cuales no siempre tienen que ver con la genitalidad y mucho
menos con un objeto fijo de deseo.
c)
La nueva historia social fundada por Foucault y desarrollada por Weeks, Laqueur
y los historiadores de las mentalidades y de la vida privada (Foucault, 1976; Laqueur,
1990; Weeks, 1985) ha demostrado que la sexualidad, la homosexualidad e
inclusive el cuerpo son construcciones culturales históricamente específicas.
En realidad, se trata más bien de la producción
misma de la sexualidad, a la que no hay que concebir como una especie dada de
naturaleza que el poder intentaría reducir, o como un dominio oscuro que el
saber intentaría, poco a poco, descubrir. Es el nombre que se puede dar a un
dispositivo histórico: no una realidad por debajo en la que se ejercerían
difíciles apresamientos, sino una gran red superficial donde la estimulación de
los cuerpos, la intensificación de los placeres, la incitación al discurso, la
formación de conocimientos el refuerzo de los controles y las resistencias se
encadenan unos con otros según grandes estrategias de saber y de poder...
(Foucault, 1976: 129)
Es decir que,
para este historiador, al contrario de lo que se piensa actualmente, lo sexual
no ha sido reprimido, sino más bien incitado, mencionado, sugerido, en un
intento por nombrarlo y así facilitar su control y regulación. Para Foucault,
la sexualidad no es entonces más que un dispositivo de poder construido históricamente
con el fin de localizar el control de los sujetos dentro de ellos mismos y no
en el poder soberano, lo cual es característico de la conformación del sujeto
moderno. En ese sentido, lo que se llama hoy ‘sexualidad’ no es más que una posibilidad entre muchas, y los
sujetos hetero u homosexuales – como personas con características esenciales -
son apenas una invención del siglo pasado, aunque las prácticas y deseos no lo
sean. A esta idea contribuyen estudios históricos que demuestran que las
prácticas homosexuales han existido siempre, en todas las culturas y en todas
las épocas, pero que el significado atribuido a ellas ha sido muy diferente
(Foucault, 1984; Katz, 1995; Weeks, 1985). Por eso la homosexualidad no siempre
ha sido considerada como un pecado o delito.
Apoyando la
hipótesis de la sexualidad como una invención histórica, Laqueur (1990) por su
parte ha demostrado que las concepciones médicas sobre el cuerpo femenino en el
siglo XVIII, consideraban al clítoris como un pene atrofiado, por lo que el
modelo médico que se tenía para darle significado al cuerpo era básicamente
masculino. Según sus estudios, desde los griegos se concebía que las mujeres
tenían un organismo masculino atrofiado e inferior. Fue hasta el siglo XVIII
cuando se construyó una diferencia radical sobre todo en cuestiones de aparatos
reproductores y sexuales, cuando los órganos que habían compartido nombre (como
ovarios y testículos) no se distinguían
a nivel lingüístico. Se dio nombre a los órganos que no disfrutaban de nombre
propio, como, por ejemplo, la vagina. Las estructuras que se habían considerado
comunes a hombre y mujer –esqueleto y sistema nervioso- fueron diferenciadas de
forma que se correspondieran al hombre y la mujer culturales... Los cuerpos de
las mujeres, en su concreción corporal, científicamente accesible, en la misma
naturaleza de sus huesos, nervios y, lo que es más importante, órganos
reproductores, hubieron de soportar una nueva y pesada carga de significado. En
otras palabras, se inventaron los dos sexos como nuevo fundamento para el
género. (Laqueur, 1990: 258-259)
d) Como lo afirma la máxima “lo
personal es político”, el feminismo y los movimientos homosexuales han
forzado a las sociedades a pensar a la sexualidad no sólo como una expresión
del placer y la vida, sino también como una relación de poder. Esta concepción
de la relación entre la intimidad y el poder ha permitido, como Vance señala
que “el feminismo haya conseguido hacer
públicas actividades que antes eran inmencionables, como la violación y el
incesto” (Vance, 1989: 18), o que los movimientos gays afirmen su derecho a
la diferencia. Es decir, la visibilidad política que estos movimientos han
logrado surge de la convicción de que en la propia cama, en el propio deseo, en
la propia identidad, estamos marcados y labrados por un sistema social y una
estructura sociocultural de la que la desigualdad forma parte. Siguiendo a
Rubin (1984), podemos afirmar que la sexualidad tiene su propia política
interna, sus desigualdades y sus particulares formas de opresión. Al igual que
otros aspectos de la conducta humana, las formas institucionales de la
sexualidad en cualquier momento y lugar dados son productos de la actividad
humana por lo que están impregnadas de los conflictos de interés y de los
movimientos políticos (Vance, 1989).
Si hacemos caso
de todo lo anterior, en realidad la sexualidad es la parte más culturizada de
los humanos en el sentido de que el cuerpo por sí mismo, como organismo biológico
y fisiológico, no significa nada. Es la cultura la que le otorga significado y
a partir de él organiza estructuras sociales como por ejemplo la del género.
Como podemos constatar, no queda nada de naturaleza en esa definición. Para
Foucault y el construccionismo, la sexualidad como naturaleza no existe. Más
bien es una invención histórica. Los diversos placeres, las prácticas y las
fantasías han existido siempre, así como los cuerpos y sus posibilidades, pero
no poseen significados intrínsecos, y su agrupación bajo el concepto de “sexualidad”, como si fuera un sistema
biológico análogo al sistema digestivo o respiratorio, es una invención
histórica de la burguesía europea en los siglos XVIII y XIX.
Por ello, la
sexualidad tiene historia. Por ejemplo, los impulsos mismos han sido incitados
en diferentes momentos del desarrollo del capitalismo, para permitir un mayor manejo
y control de los sujetos. Para Foucault, la relación entre impulso y cultura durante
los siglos XVIII y XIX en Europa no ha sido ni remotamente una relación de represión,
sino más bien una relación positiva en tanto crea identidades, favorece
sentires y genera posibilidades de placer. Nunca antes se había incitado tanto
al discurso sobre lo sexual como en los últimos siglos, nunca antes el secreto
a voces del placer fue tan estridente. La ‘puesta en discurso’ del sexo permitió
precisamente el nacimiento de saberes especializados que colaboraron en el
diseño de dispositivos de vigilancia y autovigilancia antes desconocidos. Se
incita al discurso para saber y poder entonces regular, normar, clasificar.
La idea de que
la sexualidad es la esencia del individuo ha sido, según Foucault, un dispositivo
de poder que permitió a las sociedades modernas la regulación de los sujetos por
dos vías: por un lado, la de los cuerpos individuales a través de la vigilancia
que cada quien hace de su deseo, de su placer, de sus prácticas y de la
sujeción a una cierta identidad, y por otro, la regulación de las poblaciones a
través de la lucha por el control (o promoción) de la natalidad. Desde esa
idea, se requiere que los sujetos sean conscientes y construyan permanentemente
una identidad sexual y se vigilen a sí mismos para que a su vez participen en
un cierto diseño poblacional que conviene a los estados. En ese sentido, dice
Foucault (1976) la sexualidad se inventó para la administración de la vida.
Este proceso
histórico fue posible en un primer momento gracias a la difusión e imposición
de la confesión católica, y sus fundamentos religiosos y morales. Después, gracias
al desarrollo de la ciencia, es decir, la sustitución de la confesión católica
por el diván psicoanalítico o por la consulta sexológica, psiquiátrica o
médica. Al cuestionar el origen divino de todo fenómeno, el movimiento de la
Ilustración y el positivismo científico defendieron el racionalismo, de modo
que en cuanto al sexo, el esencialismo y la idea de que la sexualidad determina
al ser, pasó de ser una concepción religiosa a ser una verdad científica.
Es decir, con la
secularización de la vida social en Occidente, en lugar - o además de -
consultar al sacerdote, las personas de ciertas clases y grupos sociales se
acercaron a psicoanalistas, sexólogos o psiquiatras. Si la religión construía
pecados, la ciencia construyó tipos de sujetos; primero anormales, y después,
como contraparte, normales.
Por ejemplo, la
sexología – aunque seguramente con buena intención – acuñó el término ‘homosexual’ ya no para designar prácticas
que habían existido desde siempre, sino para nombrar un ‘tipo diferente’ de persona, una esencia ‘distinta’. ¿De qué o de quién? De aquello que no se había nombrado
por su invisibilidad y dominio: lo y ‘el’
o ‘la’ heterosexual. Es decir, la normalidad
construida por la sexología fue tardía en relación a la supuesta anormalidad,
debido a que, en general en todo proceso social, no es necesario nombrar la
norma. Así, el esfuerzo científico por definir más exactamente los tipos y formas
de la identidad y el comportamiento sexual, fue lo que “convirtió a la homosexualidad
y a la heterosexualidad en términos opuestos”. (Foucault, 1976)
De modo que el
sujeto homosexual – más no las prácticas ni los deseos homosexuales - es una
invención sumamente reciente y marca el nacimiento de las identidades sexuales
de la era moderna. Como afirma Weeks, ‘la
sodomía era vista como una aberración eventual; el homosexual, en cambio, como
miembro de una especie.” (Weeks, 1994: 204)
Con el
surgimiento y apropiación paulatina de las identidades sexuales surgió una contradicción
importante: si bien las identidades han permitido que los sujetos que viven prácticas
no heterosexuales construyeran un sentido de comunidad – sumamente importante
en el trabajo sobre VIH/Sida - también los obligan a fijar el deseo, la
práctica y los significados que se les atribuyen. Es decir, no es que haya una
conexión esencial o intrínseca entre deseos y conductas sexuales, por un lado,
e identidades por otro, sino que es precisamente la invención de éstas últimas
lo que marcó la construcción de sujetos fijados a cierto deseo en particular.
Por ello, toda
la fluidez del deseo demostrada por Freud y el psicoanálisis, y la dimensión
histórica que Foucault reclama, se arriesgan en la conformación del sujeto como
‘fijado’ a un deseo en particular. Es
decir que la identidad sexual como concepto definitorio del sujeto afirma una
supuesta universalidad del cuerpo humano; una universalidad de la sexualidad y
de su experiencia.
3. Alcances e
implicaciones del concepto.
Como alcances e
implicaciones radicales de este concepto de sexualidad podemos identificar
básicamente cuatro:
a) No
podemos seguir conceptualizando a la sexualidad como naturaleza. Como hemos
visto, la sexualidad es una construcción histórica, aunque los deseos, fantasías,
prácticas y relaciones que hoy llamamos heterosexuales u homosexuales siempre
hayan existido. “La tesis central es más
sutil: la forma en que la actividad sexual es conceptualizada y, en
consecuencia, dividida, tiene una historia, y es una historia importante.”
(Weeks, 1994: 205) Desde una posición radical, podemos pensar que tal vez
en algún momento de la historia de la humanidad, la sexualidad como hoy la
conocemos puede dejar de existir. No dejarán de existir el deseo, los impulsos,
las fantasías, los cuerpos, pero sí la sexualidad como un sistema autónomo,
como una cosa-en-sí-misma -(Caplan, 1987).
b) Es
necesario considerar las consecuencias que derivan de la idea de que la sexualidad
no existe, y de que lo que existe son cuerpos y sus posibilidades. Entonces,
esta propuesta de concebir a la sexualidad como un producto construido
socialmente y de confirmar que los cuerpos tienen límites y posibilidades
genera la reflexión sobre qué ha sido nuestra sexualidad, individual y socialmente,
y de qué manera queremos y podemos conformarla en experiencias, resultados,
preferencias y deseos. Esto puede tener alcances importantes para la
convivencia humana en tanto se discuta y se reflexione a partir de qué
lineamientos valorar, resignificar y vivir nuestros cuerpos y los de las otras
personas. Parafraseando a Weeks (1998), si los significados que otorgamos al
cuerpo y al sexo están organizados y sustentados socialmente en una serie de
discursos que luchan por señalarnos qué es el sexo desde fuera de nosotros
mismos, es necesario discernir nuestro propio deseo. Ello implica la construcción
de una ética cultural y una cultura política que privilegie el respeto, la
diversidad y la responsabilidad como valores centrales. Como enfatiza el mismo
Weeks, “el construccionismo social
plantea... ¿por qué nuestra cultura asigna tal importancia a la sexualidad, y
cómo se originó tal importancia?” (Weeks, 1998: 186) Se trataría, pues, de
descentrar la sexualidad de la identidad y, aunque suene paradójico para
quienes trabajan en educación sexual, restarle importancia al admitir que el
deseo es más un proceso fluido que una esencia determinante.
c) La
noción de que los cuerpos no poseen significados intrínsecos, sino que se les otorgan
significados socialmente se opone totalmente a las concepciones rígidas sobre
lo que conforma a lo masculino y lo femenino, y por ende, al predominio de la
heterosexualidad reproductiva como parámetro de la normalidad sexual. Hay que
asumir que también el cuerpo, aunque se considera como lo más natural del ser
humano, tiene también su historia. El cuerpo es siempre cuerpo significado, de
modo que la forma en que se le vive y siente tiene el sello de determinada época
y sociedad; es resultado de una compleja de construcción de significados y relaciones
de poder. Es importante, entonces, promover una reflexión sobre qué significan
en nuestra cultura los cuerpos y a qué lógicas de poder obedecen nuestras
experiencias corporales.
d) En
este sentido, los significados atribuidos a los cuerpos y sus placeres obedecen
a estrategias de poder múltiples y locales, que se articulan a su vez con otras
más globales. La sexualidad no es un dominio unificado sino que está conformada
como una relación de poder, “el cual
opera a través de mecanismos complejos y superpuestos –y frecuentemente
contradictorios- que generación dominación y oposiciones, subordinación y
resistencias.” (Weeks, 1998: 191) Nos queda entonces la tarea de conocer
las estrategias locales y globales cuya articulación está generando la
construcción social de la sexualidad que domina actualmente.
Las cuatro
implicaciones que hemos enumerado hasta aquí traen consecuencias importantes
que vale la pena mencionar. Si se aborda la educación sexual desde una concepción
libertaria – en el sentido de ‘liberar’ los impulsos -, se está en el riesgo de
construir un nuevo mandato, que en este caso consideraría la cantidad y
diversidad de las parejas y actividades sexuales como una especie de índice de
la autonomía y libertad de las personas. Esta estrategia refuerza la concepción
esencialista de la sexualidad en el sentido de que es fiel consecuencia de la
‘hipótesis represiva’ (Foucault, 1976). Es decir, implica la noción de que los
impulsos sexuales, supuestamente ‘naturales’, requieren satisfacción inmediata.
Supone también la idea de que la cultura los ha reprimido debido a que
representan una amenaza para la convivencia social y que su ‘liberación’ es imprescindible
para la emancipación real del individuo.
Por lo anterior,
podemos decir que las consecuencias radicales del pensamiento de Foucault son
importantes y nos llevan a reconocer que el problema de la sexualidad no está
reducido a los dormitorios; más bien tiene que ver con el poder y como tal con
las estructuras de desigualdad de las culturas, como la raza, la clase y el
género. Lo sexual, por lo tanto, está en la base de la lucha por que los
derechos de las mujeres sean definidos como derechos humanos y con la del
movimiento lésbico-gay.
4. Recomendaciones
para su aplicación en la educación sexual.
Hasta aquí hemos
ofrecido una serie de nociones que pueden servir como punto de partida para
discutir, como educadores sexuales, qué entendemos por sexualidad. ¿Se trata del coito heterosexual, o del
erotismo, o del modo en que las personas se definen a sí mismas? ¿Tiene que ver
con el placer? ¿cuál placer, todos? Cuando nos detenemos a tratar de
definirla se nos escurre como agua entre los dedos, lo cual facilita la
comprensión experiencial del carácter artificial e histórico de ‘la’ sexualidad. En ese concepto hemos encerrado
en un mismo plano una cantidad de aspectos humanos como los deseos, el placer,
el erotismo, las prácticas sexuales, las fantasías, las identidades, las
orientaciones y las preferencias, así como al cuerpo con todos sus órganos,
necesidades, impulsos, posibilidades y fronteras biológicas.
Más aún,
esperamos que estas ideas sirvan para iniciar debates sobre las diferentes
formas en que el concepto de sexualidad ha venido limitando y empobreciendo los
medios y las opciones de la experiencia y la convivencia social de modo que la educación
sexual se enriquezca de la reflexión política sobre el tema: no hay relación erótica
o sexual que suceda fuera de un campo de poder y de estructuras de desigualdad que
determinan los modos en que vivimos nuestros cuerpos, deseos y actividades.
En ese sentido, en el trabajo de educación
sexual se debe asumir, de entrada, que la definición que hagamos de la
sexualidad, tiene implicaciones éticas y políticas, ya que si la concebimos
como una construcción histórica, entonces tendremos que saber cómo está
construida en los diferentes grupos sociales, cuáles son los elementos y
discursos que la configuran, y cuáles los sistemas morales que buscan la
regulación de los individuos a través del control de sus comportamientos
sexuales, sus deseos, sus fantasías y su sentir.
Es decir,
siguiendo a Foucault, tenemos la tarea de conocer, analizar y discutir, “la formación de los saberes que a ella – la
‘sexualidad’ - se refieren, los sistemas de poder que regulan su práctica y las
formas según las cuales los individuos pueden y deben reconocerse como sujetos
de esa sexualidad.” (Foucault, 1984: 8)
Una
recomendación fundamental para quienes están dedicados a la tarea de la educación
sexual es que conozcan y discutan el conocimiento producido por las investigaciones
realizadas desde las ciencias sociales con perspectiva construccionista, las cuales
con frecuencia toman en cuenta los contextos sociales y culturales. Las vías
para acceder a este tipo de saberes son variadas y pueden ir desde la lectura
de artículos académicos y periodísticos, hasta la asistencia a conferencias y
talleres con especialistas dedicados a esta tarea (Pick, Givaudan y Saldivar,
1996; Szasz y Liguori, 1996; Szasz y Lerner, 1996; Szasz y Lerner, 1998).
De igual manera,
cabe la recomendación de leer y analizar otro tipo de saberes de la sexualidad,
producido desde otras perspectivas –como
por ejemplo, la información periodística, los documentos publicados por
organizaciones religiosas, etc.- de manera que podamos ir identificando los
elementos en que se fundamentan, los sistemas de poder que refuerzan, critican,
y/o rechazan, y las formas que proponen para que los individuos vivan su
sexualidad, y se sientan sujetos de dicha sexualidad. Desde la perspectiva construccionista,
podemos identificar algunas preguntas básicas para una lectura crítica de
cualquier propuesta que pretenda conceptualizar la sexualidad:
a) ¿cuáles son los discursos que la conforman y
de dónde vienen? Por ejemplo, discursos de la iglesia, de la ciencia
médica, de la ciencia jurídica, del estado, etc.
b) ¿cuáles son las relaciones de poder en donde
se busca regular las prácticas sexuales, en la propuesta que estamos analizando?
Y en ese sentido, ¿cuáles son las desigualdades
sociales que se refuerzan, se cuestionan, o se transgreden con esa propuesta?
c) ¿qué prácticas, comportamientos, sentires,
y pensamientos se promueven con esa propuesta, cuáles no se reconocen, y cuáles
se rechazan con descalificación implícita o explícita?
Una lectura
basada en esas y otras preguntas, nos lleva también a cuestionar y discutir los
valores morales con los que se halla regulada socialmente, y nos invita a rechazar
la intolerancia y la prepotencia de imponer valores y conductas sexuales a las personas
en general, y a quienes la sociedad considera como no aptos para definir sus propios
valores y decisiones, como son los niños y las niñas, los y las adolescentes y jóvenes,
los ancianos y ancianas, las y los discapacitados mentales y físicos, y todos
los grupos socialmente marginados y estigmatizados.
Por otra parte,
trabajar la educación sexual desde la perspectiva construccionista obliga a
aclarar el sistema ético y los valores morales que se pretenden cuestionar, y
los que se busca fomentar, con las actividades educativas planeadas. Ello
implica conocer y asumir el sistema ético en el que basamos nuestras acciones,
así como reconocer nuestras posturas políticas en el entendido de que la
sexualidad actual es una forma de relación de poder. Podría ser útil que los
educadores sexuales trabajen grupalmente en torno a lo que llaman ‘sexualidad’ y a los contextos en los
cuales la han vivido, con el fin de reconocer su inserción en una realidad
económica y sociocultural particular. Reflexionar sobre la relación entre la
propia biografía y la historia colectiva permitirá también comprender la experiencia
de otros. Asimismo, sería importante que los educadores se empapen de las
culturas en las que trabajan para poder reconocer y honrar la diversidad que
caracteriza a este país, en lugar de pretender imponer una noción moderna de
sexualidad que nada tiene que ver con las realidades de las personas con las
que trabajan. Por ejemplo, tratar de que una mujer indígena monolingüe luche
por alcanzar orgasmos es una tarea completamente ajena a las prioridades y
necesidades de esa persona, o pretender que los jóvenes pobres utilicen el
condón en cada coito, sin analizar las posibilidades reales de que tengan
acceso a él. La problemática del ejercicio del placer debe siempre estar ligada
con las condiciones materiales y culturales de los sujetos. Tendríamos que
estar dispuestos a revisar e inclusive a renunciar a nuestro ‘ideal’ respecto a
la sexualidad, para fomentar y sostener espacios de reflexión e información en
las cuales sean los participantes quienes decidan sobre sus propios cuerpos,
deseos y prácticas.
Si, por ejemplo,
lo que deseamos fomentar es la tolerancia, el respeto a la diversidad, la
equidad, la autonomía de las personas, entonces tendremos que generar las estrategias
educativas a partir de las cuales busquemos influir para desarticular las desigualdades
existentes, reformular nuevas maneras de convivencia y re-crear, en el sentido
de volver a crear, relaciones diferentes. A partir de lo anterior, también
pensamos que es muy recomendable definir lo más claramente posible los
lineamientos éticos a partir de los cuáles se plantea, se desarrolla y se
evalúa un taller o programa, o cualquier actividad de educación sexual.
La perspectiva
construccionista de la sexualidad nos lleva a dar un paso más allá de la simple
información: nos presenta a los educadores como un sujeto más que forma parte
de dicha construcción. De ahí que podamos hacer otras dos recomendaciones totalmente
relacionadas, una a nivel personal y otra a nivel del trabajo profesional en educación
sexual. La primera sería el poder hacer una revisión permanente, reflexiva, sensata
y comprensiva de la propia vida sexual. Ello brindaría elementos para saber
mejor cómo participamos como sujetos de la sexualidad en la actualidad. La
segunda, sería el generar estrategias educativas que den a nuestros educandos
herramientas para asumirse como sujetos de una sexualidad socialmente construida,
y para reflexionar, debatir y elegir las maneras y caminos por los cuáles
puedan llevar su vida sexual.
Entonces, los
ejercicios, las acciones, las actividades planeadas y desarrolladas como parte
de la educación sexual tendrían que incluir como uno de sus objetivos, el empoderar
a los sujetos, contribuyendo a que visibilicen su sujeción a los cánones sociales
de la sexualidad, y promoviendo la posibilidad de que lo discutan, lo analicen,
lo incorporen, y ejerzan su autonomía haciendo elecciones sobre lo que quieren
y pueden hacer con su experiencia sexual. Tal vez ser testigos de que esto
último ocurra sea algo casi imposible pues los deseos y los comportamientos no
pueden ser explicados, determinados, ni interpretados a partir de una única vía.
Sin embargo, tendríamos que asumir la certeza de que la educación sexual es una
herramienta para impulsar y fomentar nuevas maneras de seguir construyendo
históricamente nuestra vida sexual.
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